Rota

Vivimos en un mundo frágil, donde las cadenas no paran de apretarnos, se nos envuelven en el cuello y tratamos de respirar, bocanada tras bocanada, el aire se vuelve cada vez más escaso, más venenoso, ahogándonos y obligándonos a considerar una de dos opciones, porque siempre están las dos, la de la esperanza en respirar mejor y tranquilamente algún día, en un lejano futuro, o la de abandonar el juego y dejarte llevar por las cadenas, hacia un lugar desconocido, lleno de olvido y silencio.
Mentiría si digo que nunca consideré la última, siempre me pareció tentadora la idea de terminar rápido con lo que nunca empecé, así como soplar una vela de cumpleaños, un zas y todo acabó, un zas y volvimos al principio.
Como una cipsela de un diente de león cuando lo soplan, dependemos solo del viento, sin destino y sin rumbo fijo, con la esperanza de que algún día, podamos aterrizar en tierra firme, recostarnos sobre el frió césped, y vernos renacer, hermosos y llenos de vida.
Pero a veces ese paracaídas que tenemos todos ajustado a nuestra espalda, puede llegar a ser tan pesado, que él mismo nos obliga a caer, y estrellarnos. O el tiempo lo va llenando de grietas, agujeros que se abren para nunca volver a cerrarse, que nos hace flotar a la deriva, con el horrible miedo de caer, sabiendo que ese momento no está tan lejos, ese paracaídas roto no va a durar mucho más.
Las cargas que llevamos, las tristezas calladas, las sonrisas baratas, y las cenizas de un fuego que se va apagando, forman un ancla que a la vez, forma una armadura, porque a veces tocar el fondo solo sirve para doblar las rodillas, saltar e impulsarte a un nuevo vuelo, subiendo más alto de lo que alguna vez lo hiciste, olvidando el vuelo roto de ayer y guardando en la memoria las nuevas nubes que ves hoy.
O al menos eso es lo que espero.

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